Postparto, esa montaña rusa

El postparto es otra de esos temas en los que, parece que se profundiza durante las clases preparto, pero nunca te llegan a explicar, realmente, a lo que te vas a enfrentar. Entre otras cosas porque nadie sabe a lo que te vas a tener que enfrentar. No sabes si tendrás que recuperarte de una cesarea, de un parto vaginal. Si saldrás sin un solo punto o mas cosida que el monstruo de Frankenstein. Y ya no solo hay que hablar a nivel físico, sino también emocional.

Incluso si, como me pasó a mi esta vez, tienes la suerte de tener una matrona de lo mejorcito que te lo explica todo genial, nada te puede preparar para la montaña rusa en la que te vas a subir una vez tu bebé abandone tu cuerpo… (si ya no era suficiente la revolución hormonal que tenías con el dentro…).

En mi caso, como me pasó con los partos, he tenido dos postpartos totalmente diferentes. Estoy segura que el cómo fue el parto influyo del todo en esto. De echo, os reconozco ahora que ya ha pasado que, esta vez, tenía mas miedo al postparto del que quería reconocer. ¡Mucho mas que al parto! Porque, al fin y al cabo, el parto es un ratico, pero el postparto dura mucho mas tiempo.

Mi primer postparto

Aquí jugaba la baza de ser primeriza. Después de un parto relativamente “bueno” en el que no me libré de la episiotomia, llegó el postparto y con él casi 15 días de dolor continuo. Ya no solo me dolían los pezones por el inicio normal de la lactancia, sino que el dolor del corte en los bajos casi no me dejaba sentarme. Recuerdo mandar al padre a comprar un flotador en pleno octubre para sentarme en el, pero ni siquiera así estaba medio cómoda.

La medicación que me mandaron no me quitaba del todo el dolor. Necesitaba las dosis antes del tiempo que tocaba, lo que me hacía interminable la espera para poder chutarme el nuevo analgésico.

Los puntos tardaron en cicatrizar y cuando se fueron secando aun me tiraban y me molestaban más. A todo esto hay que sumarle el subidos/bajón de hormonas, que te hace estar bien y al minuto llorar como una magdalena. Uno de los días, el primero que me quedé sola unas horas con la niña, incluso llamé a mi madre llorando porque creía que me estaba desangrando… Queen of drama total, pero es que eso es lo que tiene el postparto, que nos da por donde nos da.

Por todo esto y por el estrés añadido de verte con tu bebé y enfrentarte a tus primeros momentos de “llora y no se lo que le pasa” o “¿lo estaré haciendo bien?” creo que mi primer postparto lo viví como si de una verdadera montaña rusa se tratase. No llegué a la depresión postparto. Pero si recuerdo llorar en momentos de soledad sintiéndome culpable por no estar rebosante de felicidad en todo momento. La culpa… ¡ay la culpa amigas!

Mi segundo postparto

Esta vez ya sabía a lo que iba. No es que fuera predispuesta para lo peor, pero intenté estar mentalizada para cuando llegara el momento. Sorprendentemente, aunque el parto fue duro, largo y acabó con un desgarro de tipo dos, el postparto ha sido otra cosa totalmente diferente.

Para empezar la zona estaba dolorida, pero mucho menos de lo que yo recordaba de la primera vez. Podía aguantar sentada sin mucha molestia, lo cual ya era todo un logro.

Me mandaron paracetamol y otra cosa (cuyo nombre no recuerdo…) por si tenía mas dolor. No pasé del paracetamol y se me pasaban las horas de tomármelo. Lo que quiere decir que tampoco iba todo el día rabiando de dolor. Los puntos se secaron bien y no me molestaron mas conforme avanzaba el tiempo. Creo que me he recuperado mucho mejor esta vez porque fue un desgarro y no fue un corte. He leído mucho sobre esto últimamente y la conclusión es que un desgarro es mas complicado de suturar, pero está demostrado que la zona se recupera mucho mejor. Al menos si hablamos de un desgarro del tipo del mio.

Para que os hagáis una idea… En mi primer postparto no salimos de casa hasta que tocó revisión con el pediatra y la matrona. Una semana después. Esta vez, en cambio, al cuarto día ya estaba paseando por la calle. A ratitos cortos, eso si, pero saliendo que ya es mucho.

A diferencia de la primera vez, esta no me he librado de las temidas estrías. Me salieron todas en el último mes. ¡Normal! Ya visteis el tamaño descomunal de mi barriga. Esto también ha hecho que me esté costando más volver a mi ser. Pero oye… Poquito a poco.

En cuanto al plano emocional, me he notado menos insegura, mas estable… No se si es por la seguridad que te da el ya tener experiencia, o porqué. Algún momento de bajón he tenido de todo modos, no os vayáis a pensar que estaba en plan Heidi todo el día feliz de la vida. Pero mucho mas light que la vez anterior. Quizá esta vez lo que he notado es algo más de estrés a la hora de organizarme yo sola con los dos. Pero eso creo que entra dentro de la normalidad… ¿no bimadres del mundo?

postparto-barriga

-Mi barriga dos meses después de parir-

En conclusión…

Como con casi todo en esta vida, creo que no se puede ir con ninguna idea preconcebida porque cada experiencia es distinta. Aunque tu seas la misma. Mi matrona me dijo que los segundos se recupera una mejor porque ya tienes a los mayores que te hacen ponerte las pilas rápidamente. Pero yo creo que como sea tu parto marcará completamente como vivas el postparto. Y para mi, esta vez, ha sido una verdadera maravilla.

¿Como fue vuestro postparto?

¿Notasteis diferencia entre vuestros postpartos?

El parto de Atreyu (tercera parte)

Después de casi 12 horas de parto, y tras un momento de crisis, llegamos a las 2 de la tarde del 30 de agosto con los ánimos a medio gas y la bolsa aún intacta. Ya estaba dilatada a 9 centímetros y, con cada contracción, me ponía en completa. El problema era que al tener la bolsa entera y liquido como para llenar una piscina olímpica, Atreyu no llegaba a apoyar la cabeza y mucho menos a encajarla en el canal del parto.

Las contracciones eran cada vez más seguidas y yo tenía ya unas ganas de empujar irrefrenables. La matrona me dio carta blanca para hacerlo. Me dijo que si me aliviaba empujar y era lo que el cuerpo me pedía, lo hiciera. A ver si con suerte, en uno de aquellos empujones, la bolsa reventaba de una vez. Aun así, entre contracción y contracción me quedaba dormida. Como si en los escasos minutos que había entre ellas diera tiempo a caer en un profundo y “reparador” sueño…

Necesitaba toda la concentración y toda la fuerza que pudiera reunir en aquel momento, tanto física como mental, pues ambas cosas comenzaban a flaquear. En cada contracción, me pillara en la postura que me pillara, empujaba con todas mis fuerzas y la bolsa salía de mi como cuando aprietas un globo lleno de agua. Pero al pasar la contracción volvía dentro y seguíamos como estábamos.

En un momento de soledad en el paritorio, le confesé a mi marido que tenía miedo. Miedo de no poder hacerlo, de agotarme y quedarme sin fuerzas. Aun no habíamos llegado al expulsivo y, con cada contracción, me notaba mas débil y mas insegura. Él me animó y me dijo que le consultara a Lourdes, la matrona. Eso hice. Cuando volvió le conté mis miedos y le dije que, aunque habíamos acordado que ella no rompería la bolsa, si veía que me iba a agotar, yo le daba permiso para que lo hiciera. Porque, ante todo, confiaba en ella. Me dijo que estuviera tranquila. Ibamos a darnos un poco mas de tiempo y, si no se rompía sola, la romperían.

Serían cerca de las 3 de la tarde cuando me propuso hacerme un tacto vaginal para palpar la colocación de la cabeza del niño. Y así fue que, en mitad del tacto, me vino una contracción muy intensa y apreté, apreté sin importarme nada. No se si fue porque ella aún tenía la mano dentro de mi o porque, pero en ese momento la bolsa, por fin, se rompió y un torrente de liquido caliente cayó al suelo. Allí me quedé, quieta, de pie como estaba, sobre un charco de liquido amniótico, sin querer moverme para no escurrirme. Salió tal cantidad de líquido que, tanto ella como yo, nos tuvimos que cambiar de ropa.

Después de dos partos (en el primero me rompieron la bolsa) he llegado a la conclusión de que lo mio no son bolsas amnióticas… Son bolsas de las azules del Ikea, ¡irrompibles!

Después de esto el parto entraba en su recta final.

Las contracciones se hicieron aun mas intensas y yo ya estaba dilatada por completo. ¡Aquello estaba hecho! Unos cuantos empujones y conocería a mi niño al fin… Eso pensaba al menos. Pero no. Dimos con otro escollo en el camino. Mi pequeño, ese que había estado perfectamente colocado casi en cada revisión, había encajado la cabeza, pero no como debería.

Hay una cosa llamada la posición fetal óptima, esa que es la ideal de cara a un parto sin complicaciones. Bien, pues Atreyu estaba mal colocado de dos maneras diferentes. Primero os dejo una imagen de como sería la posición correcta de cara al expulsivo.

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Atreyu, en cambio, se había encajado de manera que su cabeza estaba perpendicular a la posición óptima. Pero no solo eso, sino que, en vez de tener la barbilla pegada al pecho, tenia la cabeza mirando hacia arriba. Lo mas favorable es que lo primero que asome sea la coronilla. Porque, de otro modo, el diámetro de salida de la cabeza aumenta y eso complica bastante el expulsivo.
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La primera imagen es la cabeza bien colocada respecto a la pelvis de la madre. La segunda como estaba mi hijo.

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Y en esta imagen podéis ver lo que os comentaba de la barbilla

Las matronas iban palpando, mediante tactos vaginales, como estaba colocada la cabeza. Así, cuando me venía la contracción intentaban ayudar a Atreyu a que rotara para facilitar su salida. Estábamos en pleno expulsivo, la cosa se alargaba y a mi apenas me quedaban fuerzas. Oía, de vez en cuando, llantos de bebés acabados de nacer y yo solo podía pensar “el mío no sale, no sale“.

Estaba ya en una posición semisentada en la camilla transformer que tenían allí e intentaba, con la ayuda del Papá Cascarrabias, recordar como pujar y como respirar para que fuera lo mas efectivo posible. Aunque reconozco que había momentos que yo misma me recordaba en voz alta que tenía que respirar… Como si eso fuera algo que se pudiera olvidar. Durante aquella eterna hora y media, estuve gran parte metida en un bucle infinito que constaba de pujo largo/chillido de agotamiento/llanto y vuelta a empezar.

No creo que haya hecho ningún esfuerzo tan grande en mi vida, ni siquiera en mi anterior parto. Esta vez todo era mas vivo, mas largo, mas intenso y mas consciente. Recuerdo también pedir el famoso gas de la risa “in extremis”, pero no me lo trajeron porque, realmente, ya no hubiera hecho ningún efecto.

Mi marido, al que el expulsivo se le hizo casi tan largo como a mi, me ayudaba a incorporarme con cada pujo. A mi ya no me quedaba casi fuerza para levantar mi cuerpo y la maldita via, de la que me estuve acordando todo el parto, no me permitía cogerme bien a las agarraderas para empujar. Me dolía mucho porque me la habían colocado demasiado cerca de la muñeca y a cada movimiento para hacer fuerza estaba mas cerca de sacarla de su sitio. Lo que estaba claro es que no era el momento de que me la quitaran y me buscaran otra vía, en pleno expulsivo no…

-El parto de Atreyu acabará en el siguiente post… (lo prometo) 😉 –

El parto de Atreyu (segunda parte)

Como os contaba en la primera parte de este post, aquella noche me acosté después de un chocolate a la taza, en un último intento desesperado de probar algo que desencadenara el parto de Atreyu. Dos horas después empezó la fiesta. Las contracciones, al principio, eran cada 20 minutos. Traté de dormir entre ellas, pero era imposible porque cada vez que venía una me despertaba. Así que deje de intentar dormir, y me puse a contar las contracciones con la aplicación que me bajé en la tablet.

Mientras las contracciones se iban haciendo cada vez más cercanas yo iba cambiándome de postura. Unas veces sobre el balón de pilates haciendo círculos, otras a cuatro patas en el suelo practicando alguna postura de yoga o de cuclillas. Respirando para pasar las contracciones que cada vez notaba con más intensidad. Intentando aplicar en casa todo aquello que aprendí en las clases preparto y de yoga prenatal. Tratando, en definitiva, de alargar lo máximo posible la fase de dilatación en casa, porque una vez en el hospital ya sabía lo que había.

Así fueron pasando las horas de aquella madrugada, hasta que a las 6:00 de la mañana, cuando ya las contracciones eran con una frecuencia de unos cinco minutos, decidí despertar a Papá Cascarrabias para anunciarle que nuestro hijo, ahora si que si, estaba de camino. Empezamos entonces a prepararnos para ir al hospital. Me metí en la ducha y es curioso lo que alivia el agua caliente. Con mucho gusto me habría metido en la bañera, pero, ilusa de mí, me daba miedo alargar demasiado la cosa y no llegar a tiempo al hospital.

Sobre las siete menos cuarto despertamos a Valkiria. Ya en el coche de camino a casa de Los abuelos puñeteros, le explicamos que su hermano estaba de camino y que papá y mamá se iban al hospital. Me despedí de ella con un abrazo entre contracciones y casi se me saltan las lágrimas. Mi pequeña valkiria iba a dejar de ser hija única para convertirse en hermana mayor.

El camino al hospital, a las 7 y algo de la mañana de un miércoles laborable, se me hizo mas largo que un día sin pan. A las 7:30 entraba por la puerta de urgencias y ya me veían venir de lejos… “Vienes de parto, ¿no?“… ¡Pues va a ser que si! Me ofrecieron la silla de ruedas, pero yo soy de las que prefieren ir andando, y os aseguro que el camino hasta las urgencias de maternidad es largo… pero largo. Aun así preferí andar, parándome con cada contracción.

Entré sola a triaje, lo normal en este hospital y allí me atendió una enfermera que me hizo las primeras comprobaciones: temperatura, tensión, etc… Luego me vio la ginecóloga. Ecografía para asegurar que todo estaba bien y tacto vaginal. ¡5 centímetros dilatada! ¡Bien! ¡Esto marcha! Volví con la enfermera que me puso la maldita vía (luego os cuento…). Cada persona que entraba me decían que estaba muy tranquila y que estando de 5 cm, y siendo un segundo, aquello iba a ser muy rápido… Y yo les creí…

Me pasaron entonces a la sala de dilatación/paritorio donde me esperaba otra enfermera y Núria, la matrona residente que asistiría mi parto. Empezó a hacerme las preguntas de rigor mientras miraba mi plan de parto. Yo me esperaba cualquier cosa dada mi experiencia anterior en ese mismo hospital cuando nació Valkiria. Pero nada mas lejos de la realidad. En el momento que me preguntó si quería la epidural y le dije que no, no dijo nada mas que…vale. Mientras esperábamos que llegara la matrona oficial, me fue monitorizando (de esto no se libra nadie…) y nos pusimos a charlar. Entonces fue cuando le conté mi experiencia en mi anterior parto con la matrona que me tocó. La conocía… Palabras textuales suyas: “Lo bueno que tiene parir aquí en agosto, es que las veteranas suelen estar de vacaciones y el personal es mas joven y con otra forma de trabajar“… ¡Genial!

Charla que te charla, dejaron pasar por fin a mi marido. Sobre las 9:20 llegó Lourdes, la matrona oficial. Se presentó y en seguida vi que, esta vez, mi parto iba a ser muy diferente. Tanto Lourdes como Núria entendían perfectamente el tipo de parto que quería tener e iban a tratar de ayudarme en todo lo posible. Para que os hagáis una idea: me dejaban ir al baño siempre que quería, beber agua, cambiar de postura, siempre que quisiera, como quisiera. De pie, sentada en la cama, sentada en el balón de pilates, de cuclillas, a cuatro patas apoyada sobre la cama… ¡Creo que me faltó hacer el pino! Y así durante toda la dilatación… ¡una maravilla oiga!parto-natural-la-fe

-Parturienta en proceso… Y tan pancha-

A eso de las 11:30 entro a preguntarme como lo llevaba y a decirme que no me haría tactos vaginales si yo no se lo pedía y no era estrictamente necesario. Me dijo que a ella no le hacían falta, que solo con verme a mi y ver la gráfica, ya sabía en que punto estaba. Aquella vez fui yo la que le pidió que lo hiciera. Quería ver cuanto llevábamos ya dilatado. Para animarme y tal… Así que lo hizo… ¡8 centímetros de dilatación y cuello borrado! ¡Ole y ole! Me vine arriba… En nada tendríamos a Atreyu con nosotros… (O eso pensaba yo…)

La bolsa seguía intacta y Lourdes no tenía ninguna intención de rompérmela si no era necesario. Me dijo que con la bolsa amortiguábamos un poco el dolor de las contracciones y a mi me pareció bien. Recordad que seguía sin epidural y sin ningún tipo de analgesia por decisión propia. Hubo una cosa que si me trajo y que me ayudó mucho a pasar el dolor de las contracciones, una bolsa de suero calentada para ponerla en los riñones… ¡Me aliviaba muchísimo! No sabéis la de viajes que hicieron para calentar aquella bolsa…

Y de repente, sobre la 1 de la tarde, así sin comerlo ni beberlo… Yo que tan tranquila estaba, respirando, controlando el dolor de las contracciones como podía, concentrándome en estar relajada… Empecé a ponerme nerviosa, a tener calor, sudores fríos… ¡Mierda, no puede ser! ¡Me estaba dando un ataque de ansiedad! ¡Quería huir! ¡Salir de allí corriendo! ¡En mitad del parto, me daba igual! Os aseguro que sé bien de lo que os hablo, aquello era un ataque de ansiedad en toda regla y yo, que me los conozco, no entendía porque… porque en ese momento, si yo estaba tranquila, si hace un segundo me encontraba la mar de calmada, no tenía miedo de nada, no hacía porqué tenerlo… ¿Porque me pasaba aquello?

No les dije que quería huir cual gacela de los leones, pero si que no me encontraba bien mientras lloraba. Les pedí que me dieran algo para calmarme, un sedante, ¡lo que fuera! Obviamente no me hicieron caso en lo del sedante y Lourdes, con mucha calma y mucho cariño, me explicó que aquello que sentía era por culpa de las sustancias que generaba mi cuerpo, que tenía un subidón de adrenalina y que era absolutamente normal. Me trajeron una bolsa para que respirara en ella… ¡tenía que calmarme! Y lo sabía… Traté de respirar en la bolsa, pero era muy grande y se me escapaba con los nervios y las contracciones… aquello no funcionaba. Entonces, empapó una gasa en alcohol y me la dio para que la oliera mientras me decía que lo hiciera poco a poco, pero que intentara respirar.

Mi marido, mientras todo esto pasaba, me empapaba cada dos por tres la frente y la nuca con agua, para bajar el calor que sentía. Pero como no era suficiente pasamos también a gasas empapadas de alcohol, al tiempo que me hacía aire con el abanico. No duró mucho, no creo que llegara a 20 minutos, pero fue un momento muy desagradable. Por suerte, poco a poco, se fue pasando y fui recuperando la calma y el control sobre mi misma. Aun nos quedaba la recta final y, aunque aun no lo sabía, iba a necesitar mas fuerza de la que nunca imaginé…

-El parto acabará en el próximo post-

El parto de Atreyu (primera parte)

Ya tenía ganas de empezar a contaros como fue mi parto, el día en que conocí al hombre de mi vida (con permiso de su padre) y nos convertimos en una familia de cuatro. Pero comprenderéis que estamos en fase de acoplamiento familiar a la nueva situación y, estos días, lo que mas me falta es tiempo. Para no hacerlo muy tostón, porque el parto fue largo, os lo contaré por partes… Así fue como empezó todo…

Las que me seguís por redes sociales sabréis que desde la semana 37 estaba ya hasta el pirri del bombo. Entenderme, es mi segundo embarazo en verano, con el calor que hemos pasado este en concreto, y el tamaño de mi barriga era ya tremendo. Aunque la primera vez estaba igual de cansada a esas alturas. Lo que me lleva a pensar que, para mi, el último mes se me hace cuesta arriba a mas no poder. Ya me quedo sin saber si me pasaría lo mismo tocándome parir en invierno… Eso nunca lo sabremos…

El caso es que una se deja llevar por la emoción de los opinologos locales, unos más entendidos que otros, y yo ya iba con el chip de que aquello tenía pinta de acabar antes de la fecha indicada… ¡ilusa de mi! Claro, la gente me veía con ese panzón y desde la semana 30 ya me estaban preguntando si me tocaba parir ya. Y vaticinaban que no llegaba ni de coña… ejem… ¡pues va a ser que no!

Mi desesperación, mi cansancio y mi ansiedad crecían conforme se acercaba mi fecha probable de parto, el 26 de agosto. Tenía esa fecha marcada a fuego en mi cerebro. ¡Atreyu, o sales o te desalojo! Las últimas dos semanas, de hecho, creo que se me fue de las manos el tema comida con aquello de la ansiedad.

A diferencia de la primera vez, que no noté una contracción hasta el mismo día del parto. Esta vez, ventajas de ser multípara, fui bien servida de contracciones y pinchazos desde semanas antes de mi FPP. Algunas de ellas de estas que cuando te dan te dejan seca y paralizada allá donde te pillen. “El cuerpo se está preparando” me decían. “Eso es porque toda tu musculatura esta distendida y se nota mucho mas” comentaban…. ¡Pues que bien, pero menos prepararse y mas parir!, pensaba yo para mis adentros.

En la semana 38, la ginecóloga que me hizo la última ecografía, al comentarle lo de las contracciones me recomendó reposo… ¡reposo! Porque sino me pondría de parto antes y había que aguantar porque el niño solo pesaba 3 kilos… ejem… A esto volveremos luego… Esa misma tarde estuve horas con contracciones soportables, cada poco tiempo, pero sin llegar a ser regulares. aunque ella me había dicho que ante algo así me fuera al hospital, yo, con mi tranquilidad y acordándome de las clases preparto, decidí quedarme… Al final pasaron.

Empezamos con “la operación desalojo”, que consistía en paseos al caer el sol (muertecica de calor y sudando como un pollo) y en mucho mucho amor de pareja. Esto último parecía efectivo. Pasé varias tardes con contracciones de las que se dejan notar, frecuentes pero no regulares… otra vez.

Casi acabando la semana 39 tuve los famosos monitores. Aquello decía que de momento nanai de la china. Cuando me hicieron la ecografía, solo una semana después de la anterior, el peque ya pesaba 3,500… Hasta la ginecóloga se sorprendió de que hubiera ganado tanto peso en una sola semana… Todo apuntaba a que la ecografía anterior se equivocaron. Cita para acudir el miércoles siguiente, día 30. Y así llegamos a mi FPP, 26 de agosto, sábado.

embarazo-40-semanas-parto-Última foto de la barriga, del mismo día de mi FPP-

Las prostaglandinas y la oxitocina propias del amor marital hicieron su efecto. Esa misma tarde las contracciones subieron de intensidad y, después de cuatro horas, cuando las contracciones eran regulares, decidimos ir al hospital.

Dejamos a Valkiria con los abuelos, cogimos la bolsa con las cosas y nos plantamos en urgencias. Si os soy sincera, yo me notaba demasiado tranquila y, ya yendo hacia allí, bromeaba con el padre sobre si estábamos o no de parto.

Las urgencias de maternidad parecían una fiesta con entrada libre, ¡había overbooking de parturitas! Y todas salíamos de cuentas el mismo día por lo que me dijo un enfermero. Me pasaron a triaje. Ecografia, tacto vaginal, 3 centímetros dilatada, monitores durante 45 minutos y veredicto… no estaba de parto… ¡oooohhh! ¡Mi gozo en un pozo!

Me dieron dos opciones, quedarme ingresada esa noche por si la cosa se animaba y darme el alta a la mañana siguiente si era que no. O irme a casa y volver si fuera necesario. Nos fuimos a casa, si tenía que esperar prefería hacerlo en la tranquilidad de mi hogar.

Después de ese día, la cosa se calmó y empezaron a pasar los días, leeeeeentos y pesados. Seguimos con la operación desalojo pero ya prescindimos del amor porque solo me daba contracciones pero no me acababa de poner de parto, así que cuando tuviera que pasar que fuera porque Atreyu lo decidiera. Aún así, hice una última cosa, un acto desesperado por mi parte, pero ya me daba igual. Me zampé una taza de chocolate caliente bien cargado de canela. Con el asco que me da a mí el chocolate a la taza… ¡puaj! Para ayudar a pasar el mal trago lo acompañe de unos bizcochitos para mojar, ¡todo muy light!chocolate-parto

Lo cierto es que, no se si esto ayuda o no, pero, dos horas después, la primera contracción, que anunciaba que Atreyu estaba en camino, me despertó. Así que tampoco puedo negar rotundamente que el chocolate a la taza con canela no tuviera ningún efecto en absoluto.

-El parto continuará-

Tercer trimestre del embarazo: punto y final

Tercer trimestre, y con él llegó la calma… ¿quien lo hubiera dicho? Se supone que el tercer trimestre es aquel en el que uno se encuentra peor. El tamaño que va cogiendo la barriga, el cansancio, la imposibilidad de dormir bien en casi ninguna postura, etc, etc. Pero ya veis, para seguir demostrando que cada embarazo es un mundo, aquí el tercer trimestre ha sido el más tranquilo y menos cansado de los tres.

No os negaré que este último mes, la recta final unida al calor sofocante que está haciendo este verano, sí que se me está haciendo pesado. Pero, curiosamente, me encuentro con más energía y mejor que los dos trimestres anteriores. ¿Será esto culpa del síndrome del nido? Pudiera ser… El caso es que, a dos semanas de parir, he bajado el ritmo por pura prescripción médica y por qué no quiero sacar a Atreyu antes de tiempo de su zona de confort.

Miedos

A nivel psicológico, empecé a relajarme una vez pasada la ecografía morfológica de las 20 semanas. Entrado ya el tercer trimestre, mi estado de ánimo y mi nivel de energía era el mejor hasta la fecha. Mi mente estaba en una especie de standby en el que ni quería pensar en lo ya pasado, ni preocuparme de lo que estaba por venir. Me había propuesto estar lo más tranquila y zen posible. Para ello, me vinieron genial las clases de yoga gestacional. Quizá como ejercicio físico no haya sido lo más contundente, pero a nivel emocional me han servido de mucho. Es ahora, que ya veo el final muy cerca, cuando empiezo a notar cierta inquietud y que, de vez en cuando, los miedos ante el parto me asaltan.

Es normal, y en cierto modo inevitable, que ese tipo de pensamientos pasen por la cabeza. Por mucho que quieras alejarlos. Por mucho que huyas de ellos. Y por mucho que confíes en ti misma y tú propia capacidad de parir. En un momento u otro se dejan notar. Es entonces cuando intento pensar, como buena friki que soy, y habiendo pasado ya una vez por esto, que la fuerza está en mi y soy una con la fuerza.

Como me encuentro…

En lo que las molestias físicas se refiere, no puedo decir que haya tenido nada fuera de lo común. El tema de los desmayos se fue calmando, por suerte para todos. Además, gracias a la alimentación he conseguido regular mi tránsito intestinal. Y lo único que volvió a aparecer fue el hipotiroidismo gestacional que ya conocía del anterior embarazo.

Tras las analíticas del tercer trimestre, tan solo me tuvieron que suplementar el hierro, algo muy normal en este punto del embarazo, pero que tiene el inconveniente de que suele estreñir. Por suerte, en ese sentido, vamos capeando el temporal. Lo demás todo bien. La prueba del estreptococo salió perfecta y ya solo queda esperar a que todo se ponga en marcha.

A diferencia de mi primer embarazo, me sorprende no estar teniendo, a estas alturas, ni ardor, ni acidez, ni reflujo. En ese sentido no me puedo quejar. Como de todo. Todo me sienta bien y nada me quita el hambre (mas que el calor…). Así estoy rozando la barrera de los 80 kilazos, aunque sin mucha pesadez de espíritu.

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Bolsa del hospital

No sabéis lo que me ha costado esta vez hacer las bolsas del hospital. Ya os lo contaba el otro día por Instagram y parece que es algo común en los segundos embarazos. En el primero nos puede la prisa, todo tiene que estar cuanto antes, la habitación, la bolsa… Pero oye, que con el segundo es como que te entra un relajo máximo que nunca ves el momento de ponerte a hacer la bolsa o bolsas del hospital, ¡Que perezón!

Al final, la semana pasada, ya en la semana 37, me decidí a hacerla. Aunque soy tan gañana que aun me falta alguna cosilla por meter… Nada irremediable, que, como dice mi matrona, para parir solo hace falta que vayas tu y, a poder ser, te lleves la cartilla del embarazo. Eso lo tengo. ¡Palabrita! 😉

Plan de parto

Bueno… el plan de parto… ¡Ay el plan de parto! Con que seguridad lo hice la primera vez. Como si aquello fueran mis últimas voluntades. Como si tuvieran que hacerle caso, si o si…. ¡Y que lejos esta eso de la realidad! En mi primer parto dudo mucho de que la matrona se lo leyera si quiera. Incluso a mi, ahora, me da la risa si me paro a leerlo.

Como la esperanza es lo último que se pierde, hoy mismo me he puesto a rellenarlo y pocas diferencias hay con como lo rellené la primera vez. Solo dos, de hecho… La primera es lo de que no me canalicen una vena. Primero porque sé, a ciencia cierta, que en el hospital donde voy a parir esto no entra dentro de sus protocolos y no me lo van a permitir, ¡ni de coña! Segundo porque, pensándolo bien, si tienen que inyectarme algo, prefiero que me pongan la vía al principio que cuando las contracciones sean cada poco tiempo.

La segunda es la opción de donar la sangre del cordón para investigación o para ayudar a quien lo pueda necesitar. La primera vez lo marqué, muy convencida de ello, porque en realidad me parece la mejor opción. Pero, en su momento, solo me dijeron que me sacarían sangre al llegar (sangre que luego se coagularía y tendrían que volver a sacarme casi en dilatación completa). Nadie me dijo que si mi criatura no llegaba a los 3 kilos y medio, aquel cordón no serviría para nada… Yo no soy de tener niños grandes. De hecho Atreyu apenas pesa 3 kilos ahora mismo, así que esta vez no he marcado esa casilla.tercer trimestre-plan-parto

Hasta aquí lo que ha dado de si este tercer trimestre del segundo embarazo. Ya solo nos queda esperar a que me llamen para citarme en el hopital para ir a monitores. Y, por supuesto, que Atreyu decida salir… Cuenta atrás iniciada… 10 días y bajando…

¿Como fue vuestro tercer trimestre?

¿Os sirvió de algo el plan de parto?