El parto de Atreyu (cuarta y última parte)

Habían pasado mas de 12 horas de parto, estábamos en pleno expulsivo y mis matronas hablaban entre ellas. A veces en voz alta, a veces entre susurros, imagino que para no preocuparnos. Con cada movimiento que hacían para intentar ayudar a Atreyu a salir, a mi me dolía hasta el alma. Entonces intentaba recordar lo que me decía mi matrona del centro de salud: “No es una contracción mas, es una menos… “.

Notaba cierta preocupación en el aire. Me venía una contracción y me decían: “coge aire y empuja largo, largo con todas tus fuerzas“. Y eso hacía, empujaba en apnea con todas las fuerzas que me quedaban. Y cuando ya no podía mas y el chillido ahogado salía de mi me decían: “cambia el aire y empuja un poco mas“… Y eso hacía. Así pasamos de segundo a tercer plano.

A pesar de todo el liquido que había salido de mi, allí aun quedaba suficiente como para permitir que el niño se moviera a sus anchas. De echo, no paraba quieto y, en mitad de todo aquello, yo empecé a notar un dolor agudo en el costado. “Me duele, me duele” les decía (y manda narices, como si lo demás no doliera…). Aquello que me dolía resultó ser un pie de Atreyu haciendo palanca en mis costillas. Le dijeron a mi marido que apretara ahí, lo cual no ayudó mucho y dejó de hacerlo después de lanzarle una mirada asesina.

Como mi querido hijo no paraba de moverse, a cada contracción, la matrona residente trataba de enderezar mi barriga y con ello al niño, mientras la matrona oficial dirigía el pujo pidiéndome que lo alargara un poco más. Aquello no acababa nunca y yo me temía lo peor… Llegué a pensar en la cesarea, pero no me atreví ni a mencionar mis miedos en voz alta. Atreyu tenía que salir, si o si, ¡por la madre que lo estaba intentando parir!

Me decían: “ya está casi con nosotros Ana, solo tienes que hacer un empujón mas“. El problema era pasar del tercer al cuarto plano. Cuando empujaba la cabeza casi coronaba, pero al dejar de empujar retrocedía. Tenía que empujar más. Más fuerte, más largo. Pero no podía.

En un momento, para animarme, poniéndome un espejo delante me dijeron: “Míralo, ya se ve, tiene mucho pelo” A lo que yo, sin mis gafas y medio llorando, solo pude contestar: “Es que soy miope, no veo ná” Así que me dijeron que tocase, y si, allí estaba mi niño, listo para salir, a falta de un último empujón que lo lanzara a la vida.

Mientras todo esto pasaba, las vi intentar por todos los medios proteger mi periné. Me ponían compresas de agua caliente e intentaban que no pujara cuando no debía. Esa respiración que nos enseñaron en las clases preparto, como si soplaras una vela pero tratando de no apagarla.

Así llegó el momento de hacer el famoso pujo definitivo y empujé. Empujé con todas las fuerzas que pude reunir y mas, hasta notar el famoso aro de fuego. Seguí empujando mientras me pedían mas y mas, que siguiera, que ya casi estaba. Notaba que me partía en dos. Puro fuego. Y entonces, ¡la cabeza de Atreyu salió! A mi me invadió un alivio tremendo y acto seguido me pidieron que dejara de empujar, que lo aguantara… Tenían que salir los hombros y ese momento es muy delicado. Hice todo lo que me dijeron, pero no pude evitar el desgarro, por donde estaba la cicatriz de mi anterior episiotomia.

Nada importaba ya, ¡mi niño había llegado! Y yo entre lagrimas solo atine a decir: “Ay pobrecico mio, esta lleno mierda”… Lo que desató las risas en el paritorio después de los momentos tan tensos que acabábamos de pasar. Y parece que Atreyu me oyó porque lo siguiente que hizo fue pegarse una gran cagada de bienvenida y llenarme de meconio enterita… pero con amor 😉

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Me lo pusieron sobre el vientre y me dijeron que no lo moviera, que estaban esperando que alumbrara la placenta. Como les dí permiso para hacerme un alumbramiento asistido mediante oxitocina, salió en un momento. Lo siguiente fue cortar el cordón, cosa que hizo el padre, una vez dejó de latir. Ahora si, ya lo tenía sobre mi pecho y, aunque sea amor de madre caldosa, no podía haberlo imaginado mas bonito.

Mientras Atreyu me miraba con sus ojos muy abiertos, empezaron a suturarme el desgarro. Me dijeron que me iban a hacer una sutura estética, que tardarían un poco más, pero a mi ya me daba todo igual. Lo cierto es que esta parte es de las mas engorrosas de un parto sin epidural. Te pinchan un anestésico local, pero la zona está tan dolorida por todo lo que acaba de pasar, que lo notas todo perfectamente y, al menos yo, no podía evitar hacer pequeños saltitos del dolor y mas de un chillido ahogado para no dejar sordo a mi pequeño nada mas nacer.

Todos se sorprendieron al ver lo grande que era. Empezando por mi, que para nada me esperaba un niño tan grande dadas mis últimas ecografías. Y pasando por las matronas y las enfermeras. Cuatro kilos en un parto vaginal natural sin epidural, ¡normal que hubiera costado tanto de salir!

En los momentos posteriores, cuando ya todo estaba en calma y mientras esperábamos a los celadores para que me subieran a planta, me quedé mirando a mi bebé y me puse a llorar. Nadie entendía nada. Incluso las matronas me preguntaron que porqué lloraba, si ya todo había pasado y estábamos bien. Pero yo sabía porqué lloraba. Lloraba por todos los sustos de este embarazo. Los que os conté y los que me guardo. Lloraba por lo bonito que era mi bebé. Por lo sano que estaba y porque, en ese preciso momento, no podía ser mas feliz.

Y así fue el parto de Atreyu… 😉

Ahora nuestra familia ya esta completa

El parto de Atreyu (tercera parte)

Después de casi 12 horas de parto, y tras un momento de crisis, llegamos a las 2 de la tarde del 30 de agosto con los ánimos a medio gas y la bolsa aún intacta. Ya estaba dilatada a 9 centímetros y, con cada contracción, me ponía en completa. El problema era que al tener la bolsa entera y liquido como para llenar una piscina olímpica, Atreyu no llegaba a apoyar la cabeza y mucho menos a encajarla en el canal del parto.

Las contracciones eran cada vez más seguidas y yo tenía ya unas ganas de empujar irrefrenables. La matrona me dio carta blanca para hacerlo. Me dijo que si me aliviaba empujar y era lo que el cuerpo me pedía, lo hiciera. A ver si con suerte, en uno de aquellos empujones, la bolsa reventaba de una vez. Aun así, entre contracción y contracción me quedaba dormida. Como si en los escasos minutos que había entre ellas diera tiempo a caer en un profundo y “reparador” sueño…

Necesitaba toda la concentración y toda la fuerza que pudiera reunir en aquel momento, tanto física como mental, pues ambas cosas comenzaban a flaquear. En cada contracción, me pillara en la postura que me pillara, empujaba con todas mis fuerzas y la bolsa salía de mi como cuando aprietas un globo lleno de agua. Pero al pasar la contracción volvía dentro y seguíamos como estábamos.

En un momento de soledad en el paritorio, le confesé a mi marido que tenía miedo. Miedo de no poder hacerlo, de agotarme y quedarme sin fuerzas. Aun no habíamos llegado al expulsivo y, con cada contracción, me notaba mas débil y mas insegura. Él me animó y me dijo que le consultara a Lourdes, la matrona. Eso hice. Cuando volvió le conté mis miedos y le dije que, aunque habíamos acordado que ella no rompería la bolsa, si veía que me iba a agotar, yo le daba permiso para que lo hiciera. Porque, ante todo, confiaba en ella. Me dijo que estuviera tranquila. Ibamos a darnos un poco mas de tiempo y, si no se rompía sola, la romperían.

Serían cerca de las 3 de la tarde cuando me propuso hacerme un tacto vaginal para palpar la colocación de la cabeza del niño. Y así fue que, en mitad del tacto, me vino una contracción muy intensa y apreté, apreté sin importarme nada. No se si fue porque ella aún tenía la mano dentro de mi o porque, pero en ese momento la bolsa, por fin, se rompió y un torrente de liquido caliente cayó al suelo. Allí me quedé, quieta, de pie como estaba, sobre un charco de liquido amniótico, sin querer moverme para no escurrirme. Salió tal cantidad de líquido que, tanto ella como yo, nos tuvimos que cambiar de ropa.

Después de dos partos (en el primero me rompieron la bolsa) he llegado a la conclusión de que lo mio no son bolsas amnióticas… Son bolsas de las azules del Ikea, ¡irrompibles!

Después de esto el parto entraba en su recta final.

Las contracciones se hicieron aun mas intensas y yo ya estaba dilatada por completo. ¡Aquello estaba hecho! Unos cuantos empujones y conocería a mi niño al fin… Eso pensaba al menos. Pero no. Dimos con otro escollo en el camino. Mi pequeño, ese que había estado perfectamente colocado casi en cada revisión, había encajado la cabeza, pero no como debería.

Hay una cosa llamada la posición fetal óptima, esa que es la ideal de cara a un parto sin complicaciones. Bien, pues Atreyu estaba mal colocado de dos maneras diferentes. Primero os dejo una imagen de como sería la posición correcta de cara al expulsivo.

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Atreyu, en cambio, se había encajado de manera que su cabeza estaba perpendicular a la posición óptima. Pero no solo eso, sino que, en vez de tener la barbilla pegada al pecho, tenia la cabeza mirando hacia arriba. Lo mas favorable es que lo primero que asome sea la coronilla. Porque, de otro modo, el diámetro de salida de la cabeza aumenta y eso complica bastante el expulsivo.
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La primera imagen es la cabeza bien colocada respecto a la pelvis de la madre. La segunda como estaba mi hijo.

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Y en esta imagen podéis ver lo que os comentaba de la barbilla

Las matronas iban palpando, mediante tactos vaginales, como estaba colocada la cabeza. Así, cuando me venía la contracción intentaban ayudar a Atreyu a que rotara para facilitar su salida. Estábamos en pleno expulsivo, la cosa se alargaba y a mi apenas me quedaban fuerzas. Oía, de vez en cuando, llantos de bebés acabados de nacer y yo solo podía pensar “el mío no sale, no sale“.

Estaba ya en una posición semisentada en la camilla transformer que tenían allí e intentaba, con la ayuda del Papá Cascarrabias, recordar como pujar y como respirar para que fuera lo mas efectivo posible. Aunque reconozco que había momentos que yo misma me recordaba en voz alta que tenía que respirar… Como si eso fuera algo que se pudiera olvidar. Durante aquella eterna hora y media, estuve gran parte metida en un bucle infinito que constaba de pujo largo/chillido de agotamiento/llanto y vuelta a empezar.

No creo que haya hecho ningún esfuerzo tan grande en mi vida, ni siquiera en mi anterior parto. Esta vez todo era mas vivo, mas largo, mas intenso y mas consciente. Recuerdo también pedir el famoso gas de la risa “in extremis”, pero no me lo trajeron porque, realmente, ya no hubiera hecho ningún efecto.

Mi marido, al que el expulsivo se le hizo casi tan largo como a mi, me ayudaba a incorporarme con cada pujo. A mi ya no me quedaba casi fuerza para levantar mi cuerpo y la maldita via, de la que me estuve acordando todo el parto, no me permitía cogerme bien a las agarraderas para empujar. Me dolía mucho porque me la habían colocado demasiado cerca de la muñeca y a cada movimiento para hacer fuerza estaba mas cerca de sacarla de su sitio. Lo que estaba claro es que no era el momento de que me la quitaran y me buscaran otra vía, en pleno expulsivo no…

-El parto de Atreyu acabará en el siguiente post… (lo prometo) 😉 –

Las matronas de nueva generación 

Hay experiencias que te marcan para el resto de tu vida. Algunas para bien y otras para mal. También hay personas que tienen el poder de marcar como vives una nueva experiencia. Y ese es un gran poder, que, como ya se dijo una vez, requiere de una gran responsabilidad. Las matronas, en parte personal medico, en parte psicólogas, tienen ese poder. Aunque muchas no lo sepan si quiera.

Siempre he pensado que no puedo quejarme del parto que tuve con Valkiria. Fue, a la postre, lo que yo quise, un parto natural. Pero la persona con la que se suponía tenía que formar equipo ese día para que todo fuera bien, es decir, la matrona, no me trato como yo esperaba. Decidió que yo era una mujer retrograda e inconsciente por querer parir como parí, y así me lo dejo claro desde que se encontró conmigo hasta que acabo su turno.

Ahora se que me administró sedación, que yo no quería. Que no era necesario seguir muchos de los protocolos que ejerció conmigo. Y que yo podría haber pedido cambio de matrona, cosa que por desconocimiento y miedo no hice.

Por suerte no soy persona de generalizar y, ya en su día, comprendí que había sido una cuestión de mala suerte. Podría haber sido ella o cualquier otra. Pero fue ella y me marcó. No generándome una opinión de todas las matronas, sino dejándome un recuerdo imborrablemente agridulce de mí primer parto para el resto de mi vida.

Cuatro años después, embarazada de nuevo, estoy viviendo una experiencia totalmente diferente, ya solo a nivel ambulatorio. También tuve mala suerte en ese sentido la primera vez. Pero ahora la historia es bien distinta. Mi matrona es un amor, una mujer que nos ayuda y nos empodera de cara al parto. Que nos explica todo, sin dejarse nada e intenta que vayamos libres de miedo a uno de los días mas importantes de nuestra vida. Ella, que por edad podría ser de la vieja escuela, no lo es para nada. Y yo le estaré infinitamente agradecida por ello.

Esa confianza en ella, y gran parte de curiosidad, fue lo que me hizo ofrecerme voluntaria a asistir a una clase practica de la escuela de matronas de Valencia. Quería ver como se formaban las nuevas generaciones de matronas. Que mensaje se les transmitía. Quizá en un intento inconsciente de comprender cómo alguien puede, dedicándose a algo tan bonito, malograrse de la manera que lo hicieron ambas matronas que me trataron la primera vez.

Clase practica de matronas con Laura Fitera

Asistí, junto con tres compañeras mas de las clases preparto, a esta clase practica que impartía la mismísima directora de la unidad docente de matronas de la comunidad valenciana desde hace 20 años, Laura Fitera.

Lo primero que llamo mi atención fue ver tanta gente. Y saber cuánto habían trabajado todo ellos por estar allí. Cuatro años de carrera para convertirse en enfermeros. Un examen al que se presentaron 14.000 personas de las cuales solo 450 aprobaron. Y ahora dos años de intercalar formación teórica con prácticas por los diferentes puestos en los que podemos encontrar a una matrona. ¡Indudablemente admirables! Después de conocer eso, poco me extraño ver la ilusión en sus caras e incluso emoción en algunos momentos. Pasión por su trabajo. No creo que una profesión así se pueda ejercer de otro modo.

La clase empezó simulando una primera visita en la que ellos nos iban preguntando datos sobre cómo llevábamos el embarazo. Las preguntas habituales. Mientras, Laura supervisaba sus preguntas, aconsejaba por donde seguir preguntando o intercalaba explicaciones sobre aquello que iba considerando interesante en cada caso.

Luego pasamos a la parte practica de la clase. En ella, las futuras matronas (y matrones, que también había chicos) tenían que realizar varias maniobras. Median la altura del útero. Palpaban donde acababa. Tenían que localizar la posición exacta de los bebes para luego poder escuchar su corazón. Primero a través de un estetoscopio de madera (la trompetilla que le ha llamado mi madre toda la vida) y luego con el doppler fetal que usan en los ambulatorios para localizar el latido. Nada de esto tiene que ser ni medio fácil. Más cuando es la primera vez que lo haces.

En mi caso, al ser la que mas avanzada estaba en la gestación, lo tenían un poco más fácil. Un poco… Y podían incluso, mediante otra maniobra, palpar la cabeza y moverla. Ellos decían que la cabeza peloteaba. Yo mientras alucinaba viéndolos.

Había algunos que lo localizaban a la primera. Otros que necesitaban algo de ayuda. Pero en todos ellos vi lo mismo, emoción. En sus ojos, en sus sonrisas cuando encontraban lo que estaban buscando o conseguían localizar el latido. En sus manos, a veces temblorosas, al palpar por primera vez la cabeza de un bebe dentro de su madre, o llevarse una patada de la criatura de turno. Esa emoción me legó y me hizo admirar su profesión aun mas.

Espero, de corazón, que no pierdan nunca esa ilusión, esa pasión, porque ellos son el futuro y en sus manos esta humanizar el embarazo y el parto. Dejar de tratar a las mujeres como si fueran tontas, enfermas o inconscientes y dedicarse a apoyarlas, aconsejarlas y empoderarlas. Porque como mujeres podemos parir. Como dice mi matrona, en un homenaje personal a Star Wars, la fuerza esta en nosotras y tenemos que confiar en ella.

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¿Creéis que las matronas se están modernizando con las nuevas generaciones?

¿Tuvisteis suerte con las matronas que asistieron vuestros embarazos y partos?

 

 

Primera clase preparto en la seguridad social

Quizá es un poco pronto para empezar con las clases preparto. Pero al ser por la seguridad social, hay que tener en cuenta, al menos aquí en Valencia, que en julio y agosto no hacen cursos preparto en la mayoría de ambulatorios. Como duran dos meses, y pariendo en agosto, había que empezarlas ya. Así que ayer asistí a mi primera clase y, ¡no sabéis la diferencia con la vez anterior!

Algunas ya leísteis la mala baba que se gastaba la matrona que tuve en mi anterior embarazo. Como ya conté en su momento, igual que con el resto del personal sanitario, la matrona que te toque es una cuestión de suerte. Pero si a aquella no podía ni verla, con la que tengo ahora estoy encantada. ¡Son como el día y la noche! Tanto en trato personal como en ideas relacionadas con su trabajo. La que tuve era mas de la vieja escuela, una mujer casi apunto de jubilarse, hastiada por estar donde estaba (que no es donde ella quería estar) y agobiada por la cantidad de trabajo. Cosas que se notaban en como trataba a todo aquel que cruzara la puerta de su consulta. En cambio, mi matrona actual es una mujer de una mente abierta, que es pro parto natural, pro lactancia materna y mas maja que las pesetas. ¡Se sabe hasta el nombre de la gente! (Que pensaréis que es lo normal, pero para mi no lo era).

En fin, que tenía muchas ganas de asistir a sus clases preparto porque ya sabía que me iban a gustar. La última vez que tuve cita con ella me estuvo explicando en que consistían. Un poco de ejercicio. Otro poco de relajación. Una parte práctica y otra final teórica. Que fuera con ropa cómoda, llevará una toalla y el acompañante que quisiera, pero preferiblemente la persona que fuera a estar conmigo el día del parto. Lo bueno es que, esta vez, al ser por la tarde, el Papá Cascarrabias puede asistir, aunque llegue empezada la clase.

Cuando llegué ya noté la primera diferencia. Estaba todo el suelo lleno de colchonetas formando un circulo, y allí estuvimos las dos horas que duró la clase. Nada mas llegar nos fuimos presentando y diciendo para cuando nos tocaba parir. Por las fechas que son, y teniendo en cuenta lo que os decía antes de que en verano no hay clases preparto, somos un grupo muy heterogéneo. Mamis de todas las edades y con fechas de parto que oscilan entre finales de julio y principios de octubre. De lo que mas llamó mi atención fue que de las 11 mujeres que estábamos allí, solo 2 eramos repetidoras. No se si porque las que repiten ya no suelen asistir a este tipo de clases.

Empezamos con unos ejercicios especiales para el embarazo que acabamos bailando con música árabe algo parecido a danza del vientre. ¡Fue muy divertido! Nos saltamos la relajación y fuimos a la parte práctica donde nos habló de los ejercicios de kegel y el masaje perineal. Que esta vez tengo intención de hacer cada día durante el tercer trimestre. A ver si podemos evitar la episiotomia. Para terminar nos puso un vídeo sobre la preparación al parto y los síntomas para ir al hospital. Hablamos un poco de las contracciones, que son, que sentiremos y cuando tenemos que tomarlas en serio.

La clase se me hizo muy amena, también porque la manera que tiene ella de expresarse ya hace que sea algo entretenido, cercano y distendido. Nos fuimos a casa con unas cuantas fotocopias sobre lo que habíamos estado hablando y un par de canastillas.

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La principal diferencia que veo entre la vez anterior y esta es el trato que se nos da a las embarazadas. Tratándonos de forma humana. Animándonos y empoderándonos. Haciéndonos sentir que somos capaces de parir y debemos confiar en nuestro cuerpo. La matrona que tuve en mi anterior embarazo se limitaba a repartir fotocopias, algunas de la época de matusalén, y a ponernos vídeos durante las dos horas que duraba la clase. Así ella tenía menos que hacer. Como habréis podido comprobar por lo que os he contado, nada que ver con la que tengo ahora. ¡Como se nota cuando alguien disfruta de su trabajo!

¿Asististeis a clases preparto?

¿Os fueron útiles de cara al parto y postparto?

 

Y entonces llegó nuestra Valkiria (III)

Nos habíamos quedado al borde de comenzar el expulsivo. Si os perdisteis las dos primeras partes de este post, las podéis ver aqui y aqui. Después de cuatro horas de dilatación en el hospital, atada cual perro al poste de la luz por las correas y sin epidural ni analgesias de ningún tipo (la matrona me ofreció el gas ese, pero luego nunca llegó a traerlo y a mi se me olvidó), eran las 7 de la mañana y ya completamente dilatada tenía permiso para ir empujando. Y entonces, así tal cual, me dijo: “Ale, cuando tengas ganas ves empujando, yo me bajo a tomar un café“. Nos quedamos muertos. –¿Que se va?¿como que se va?– y, si, si. Se fue, y tardo mas de media hora en volver.

El pobre Papá Cascarrabias cada vez que me venía la contracción y apretaba, me hacía la ola, armado con mi abanico, el cual no soltó durante todo el parto. ¡Parecía el quinto Locomia! Y, al rato de la matrona no aparecer y viendo asomar los pelillos de la Valkiria por allí abajo, me decía: “Venga cariño, que lo haces muy bien, de una de estas lo sacas tu sola“. Y yo en mi nube pensando: “¡Noooo, sola no!¿Para que he venido yo entonces a un hospital? ¿Para parir sola?“.

La matrona desaparecida en combate, pero cada dos por tres entraban y salían enfermeras que se debatían entre el: “Ay, miralo que mono él, todo el rato abanicandola” y el “¿Como?¿Que no lleva epidural? Pues yo pensaba que si…“. Y yo allí, berreando cual posesa. Si, a mi me daba la impresion de que berreaba, pero las enfermeras me decían que no, que las había que chillaban mucho más. Pero que si me aguantaba el chillido y focalizaba esa energía en empujar, mucho mejor. Ya, bueno, ¡para focalizar estaba yo!.

La matrona volvió, y en la media hora que le quedaba hasta acabar su turno le entró la prisa. “Venga, empuja, mas, mas, mas, un poco más” Mientras yo, agotada, jadeaba no puedo, no puedo como Chiquito de la calzada. Total, que le importaba ya a ella si paría media hora antes o después. Que manía de no respetar el ritmo natural de las cosas ¡leñe!.

A las 8, por fin, acabó su turno y entro otra matrona que ojalá me hubiera atendido desde un principio. Todo lo contrario a la anterior, una mujer super agradable. No recuerdo cuantos pujos hicieron falta para que la Valkiria naciera, pero tampoco fueron muchos. Para mi, el expulsivo resulto agotador. Tenía la sensación de estar pariendo un elefante. Eso si, una vez ya salió la cabeza, la sensación de alivio fue tremenda. Y casi al momento salió el resto del cuerpo. El instante en el que sale y te la ponen encima, piel con piel, es algo inolvidable. Un cúmulo de emociones que yo, al menos, no había sentido nunca. Amor en estado puro, 3,030gr de amor. A mi me pareció que me la dejaron muchísimo rato, y luego hablandolo con mi marido, meses después, me dijo que apenas fueron unos minutos. Luego se la llevaron a hacerle todas las pruebas que les hacen y al ratito me la volvieron a poner encima. Y allí estábamos al fin los tres, nuestros primeros instantes como familia, bañados en lágrimas de felicidad.

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Una piensa que ahí acaba todo, pero no. Después de que el Papá Cascarrabias cortara el cordón, aún había que sacar la placenta y eso fue un poco desagradable. La matrona tiraba y tiraba, y aquello no acababa de salir, se me hizo eterno. No se si eso se supone que siempre es así, porque yo he leído de gente que la sacan como si nada con otra contracción, pero bueno, al final salió. A pesar de llevar en el plan de parto que no quería episiotomia, llegado el momento le dije a la matrona que si veía que me iba a desgarrar, cortara. Y por lo visto no se pudo evitar, así que todavía quedaba el tema de los puntos. Toda esta parte fue la más desagradable, aunque a mi en ese momento, con ni niña en brazos, ya me daba igual ocho que ochenta.

Me pusieron anestesia local, que eso si lo notaba e iba dando respingos. Y me dieron cuatro puntos por fuera, y no se cuantos por dentro. Yo intentaba estarme quieta, pero a veces era inevitable moverme. Menos mal que la matrona era maja y me animaba todo el rato diciendome que ya no quedaba nada. Una vez ya acabó, me cambiaron de camilla y esperando a que nos prepararan la habitación se quedo con nosotros hablando un poco de esto y de aquello. Resultó que su hija también quiso parir como yo, con un parto mas respetado y sin analgesia. Por eso, imagino, fue tan comprensiva con el tipo de parto que intentamos tener. Como digo, una pena que no fuera ella desde el principio.

A todo esto, con la Valkiria en brazos, yo solo podía pensar en lo bonita que era mi niña y en el hambre que tenía. Toda mi preocupación era que me dieran algo de desayunar, pero las enfermeras de planta, como supusieron que me habrían puesto anestesia, no me querían dar nada, y yo desesperada. ¡Muertecica de hambre me tenían!¡Mi reino por unas tostadas! Menos mal que tenía enchufe en el hospital y me trajeron de estraperlo unas galletas y un poco de zumo. Al rato, subieron mis padres y horas después mis suegros. Los ahora nuevos cuatro abuelos rebosaban felicidad al conocer a su primera nieta.

Mirandolo con la perspectiva que da el tiempo, no tuve el parto que hubiese querido, el parto que llevaba en mi plan de parto. Pero tampoco me puedo quejar de como fueron las cosas. Hubo algunas que pudieron ser como yo las quería y otras que no. Y estuve, relativamente, pocas horas de parto para ser primeriza. Mi experiencia con la matrona mala baba no consiguió enturbiar la emoción de ese día. Aunque si reconozco que hubiera preferido no haber tenido que toparme con alguien así en un momento como ese. Sin duda, nos queda mucho camino por recorrer en lo que a reclamar nuestro derecho como mujeres a parir de la manera mas respetuosa posible se refiere. Eligiendo cada una lo que prefiera, pero siendo tratadas desde el respeto y la comprensión que un momento así merece. Ojalá el día que a mi Valkiria le toque dar a luz las cosas sean distintas para ella.

¿Tuvisteis el parto que queríais?