Un padre sin un plan

Hoy no es Mamá Puñetera quien os escribe, sino el del otro lado de la cama. Soy Papá Cascarrabias y os voy a contar como irrumpió el “Plan Padre” en mi vida.

No recuerdo exactamente como, ni cuando, empezó (si miro hacia atrás me da la sensación de que hace mucho). Puede que sea porque el inicio fue con intermitencia; a los pocos días de haber empezado el Plan lo dejábamos aparcado y así una intentona tras otra se veía truncada, porque cuando no era por la dentición era por un retortijón. Pero la realidad era, que no estábamos preparados, ni Valkiria ni yo. Y cualquier excusa era mejor que tener que aguantar lloros y lamentos.

La verdad, siendo un poco egoísta, es que cada vez que teníamos que abandonar el Plan, había un poco de resignación y “bastante” alivio por mí parte. Porque la estampa que se veía venir no pintaba nada bonita. Habíamos acordado con Mamá que, dado que era evidente que la pequeña lloraría y reclamaría su ración de “teta” al despertarse, la cogería yo y me la llevaría a otro lado de la casa. Y allí la acunaría con la esperanza de que se volviera a dormir. Para poder dejarla de nuevo en su cuna (que por aquel entonces aún estaba al lado de nuestra cama) y así hasta el nuevo despertar. Esto era la teoría.

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